Tan lejos de Dios y tan cerquita de United States

Por Alfredo Padilla @padre_de_todo

En ocasiones me resulta complicado poder entender los corridos que tanto me hablan de los “mojados” los migrantes que van tras el sueño americano, sudamericanos y centroamericanos quienes tienen los ojos puestos en Estados Unidos, en una mejor forma de vida de la que tienen en sus países de origen. Es difícil entender desde la comodidad que otorga el sedentarismo que un grupo de personas tengan que recorrer grandes distancias dejando a su familia precisamente para que al final del viaje estos tengan una mejor calidad de vida.

Se me presentó la oportunidad, el pasado 18 de diciembre de 2015, de estar en Monterrey, Nuevo León y así poder acercarme a algunas de estas personas que ya están a un paso de alcanzar la frontera. Las fechas también me parecieron las idóneas para realizar este viaje; cuando todos están en los preparativos de las fiestas decembrinas, cuando la vacación nos invita a retirarnos a los destinos turísticos y vivir una vida un poco más holgada. Todo aquello que por costumbre hice durante años no debía ser todo lo que había en este mundo y me encontré con la afortunada experiencia de poder ver un poquito de lo que hay del otro lado de lo conocido.

La Casa del Migrante Santa Martha, dirigida por el padre Jesús Garza Guerra, se encuentra en la zona centro de la ciudad de Monterrey, en la esquina de Amado Nervo y José María Bocanegra, en la Colonia Industrial. Ésta casa es amplia y ha sido acondicionada con el tiempo para recibir al gran número de migrantes que ahí llegan. La casa se mantiene únicamente de donaciones de la comunidad y del Club Rotario de Monterrey.

Al entrar me recibe Jesús, de nacionalidad Guatemalteca, él es uno de los encargados de esta casa; me permite pasar mientras llama a un grupo de migrantes que se encuentran de paso este día en la casa. Para nosotros, que todo es fiesta, pensaríamos que por ser el Día Internacional del Migrante estaría la casa llena, personas entrando y saliendo, tal vez hasta una comida especial o algo parecido, pero no es así; el mundo que nosotros conocemos es completamente diferente al de la realidad que estos migrantes viven.

Poco a poco van entrando a una pequeña sala un grupo de migrantes, en su mayoría hondureños; el ambiente se respira un poco lúgubre, con mucha desconfianza, es más que entendible que después de tan largo viaje y tantos miedos, estas personas se encuentren reacias a tener una plática de todo lo ocurrido en su camino con un desconocido.

El comienzo de la plática es algo complicado, realmente no existen preguntas específicas, no tengo preparado un guión, quiero conocerlos de manera improvisada y poco a poco se abre, me entero de lo que en el camino sucedió y del por qué estamos todos en esta sala reunidos.

Oscar Hernández de 34 años, Ramón Alvarenga de 39, Milton Cabrera de 28 y Cándido Prado de 53, todos ellos hondureños; son los que se reúnen a contarme un poco de su viaje, a esta hora comienzan a prepararse para dormir y se nota que en verdad lo necesitan, los cuatro llegaron a la casa hace pocas horas aunque a Monterrey llegaron la noche anterior y sus rostros dan muestra del cansancio que cargan. En este punto llevan un poco mas de 2,500 kilómetros y dos meses desde que salieron de sus hogares.

Oscar es pintor en su país, tiene ya dos meses desde que salió de Honduras, éste es ya su tercer viaje hacia el sueño americano. En su casa dejó a 3 hijos, a su mujer y salió a encontrarse con un camino lleno de contratiempos. Uno de ellos fue en Tabasco, lo asaltaron; todo el dinero que pudo haber juntado para este viaje quedó en manos de los que a punta de pistola lo despojaron de todas sus pertenencias, incluso de su calzado. Si bien el camino es complicado, es mucho más hacerlo solo; pero se encontró con Ramón, Milton y Cándido y juntos se aligeran la carga del viaje.

Ramón es tal vez el más desconfiado, un hombre de aproximadamente 1.80 mts. de estatura, aparenta más edad de la que tiene, es soltero, está en su segundo viaje; se limita a escuchar y asentar algunas cosas con la cabeza. Él no tiene mucha intención de contar lo que ha vivido, tan sólo responde las preguntas y nutre los relatos de sus compañeros, creo que accede a la plática porque siente que no tiene otra opción, lo mandaron llamar para que contara un poco de su historia y él está cumpliendo; aunque creo que preferiría estar descansando y no lo culpo.

Milton es muy joven, apenas se le asoma un poco de barba, de esa que crece y no crece; tratando de procurarse una edad que en realidad no tiene. Con sus 28 años lo que más me llama la atención es la mirada tan triste que tiene y más cuando me habla de su familia. Uno de sus hermanos es profesionista en Honduras, el otro está en Estados Unidos; ha tenido la oportunidad de estudiar, pero admite que no la aprovechó y es por eso que se encuentra en este viaje. Él es campesino y al igual que Oscar está en su tercer viaje.

Cándido también habla poco, un hombre alto, delgado, moreno; sentado en una esquina como esperando que nadie se dé cuenta para desaparecer y así poder evitar la engorrosa charla. Agricultor en Honduras con muchas bocas que alimentar, está en su segundo viaje para poder mantener a su esposa y 6 hijos que dejó en su país, él también se limita a escuchar y responder de la manera más breve al bombardeo de preguntas.

A estas alturas esto se me comienza a complicar, no tengo una formación periodística; tan sólo tengo dudas que nadie me ha podido resolver, todo cuanto he leído o visto me indican que estas personas vienen de muy lejos y aquí solo te los encuentras en las esquinas o suben al transporte público pidiendo dinero. Sé de ellos que entran por el sur del país, que en el centro piden dinero y salen por el norte y ahí se acabó la historia. No sé cómo abordar una plática de esta magnitud, lo único que sé es que tengo preguntas que sólo ellos las pueden responder, no los largos documentos que me encuentro publicados, que me bombardean de datos, cifras, estadísticas y cosas que a la larga los convierte en unos simples números que pasan caminando por nuestro país.

Esta plática es compleja, el temor es el más grande impedimento. Llevan kilómetros de abusos, tanto de la sociedad que no los ve con buenos ojos como de las autoridades que a la menor provocación abusan de ellos. Curiosamente el trayecto menos complicado referente a la autoridad es hasta donde comienza la zona norte del país (Sinaloa, Durango, Zacatecas, San Luis Potosí y Tamaulipas), antes de esto la policía es algo de lo cual se deben estar cuidando constantemente. A diferencia de las autoridades del norte que no los acosa de tal manera como la del sur o la zona central, en el norte su camino ya es más tranquilo, ya no hay que cuidarse tanto de la autoridad, es sólo continuar el camino y sortear los otros miles de obstáculos que se les presentan.

 La población en general tienen una idea no muy distante a la que yo percibo todos los días, están las personas que en el camino les ayudan con comida, con dinero o que simplemente no se meten con ellos y están los otros; los lacras que ven la oportunidad de poder joderlos debido a la situación en la que están, robándolos e incluso aprovechándose de su trabajo por algunos días y después no pagándoles nada con la amenaza de denunciarlos. Realmente no tienen mucha opción más que aguantar este tipo de abusos y en la medida de lo posible, evitar el contacto con los residentes de cada ciudad.

La gente los puede llegar a ver con desconfianza debido a que alguna vez los hemos visto pidiendo dinero y una semana más tarde los vemos haciendo lo mismo; éstas personas simplemente no siguieron el camino y les es más fácil quedarse a vivir en las calles. “Por ellos pagamos todos, lo que realmente queremos es salir del país” me comentan. Es sólo un pequeño porcentaje de los migrantes los que hacen esto, pero por ellos los demás son mal vistos y marcados como que todos son iguales. Pero resulta fácil reconocerlos, todos aquellos que se quedan a pedir dinero son los que están más aseados, los que van de paso y que piden ayuda para poder seguir su camino se ven desaliñados, sucios y cansados. “Si vienes de un camino tan largo sería ilógico que estuvieran muy bien bañaditos” apuntan.

Entre las personas que les ayudan a seguir su camino están estas casas de migrantes. Oscar me muestra un mapa del cual ninguno de nosotros tenemos conocimiento, en él se muestra cada una de las casas que se encuentran en todo el país y por las diferentes rutas que siguen los migrantes para llegar a la frontera con Estados Unidos. Este mapa se les entrega en los primeros albergues que están al entrar al territorio nacional y les es de gran ayuda y alivio, pueden continuar su camino teniendo un techo por un par de días, comen, se bañan y descansan. Podría pensarse que tienen trazada una ruta de hoteles, pero no es así, estas casas están muy distantes una de la otra y considerando que el trayecto lo hacen a pie o si bien les va a en “La Bestia”, estamos hablando de trayectos de 3 o 4 días, en los cuales mal comen, mal duermen y están expuestos a lo que la suerte les depare en el camino.

Se une a la plática Edenilson de 25 años, de nacionalidad Salvadoreña y Reymundo Soriano de 58 años de nacionalidad Hondureña. Edenilson callado se sienta en una esquina y se limita a escuchar y a querer ser invisible ante las preguntas. Por el contrario Reymundo es un hombre que se encuentra atento y no duda en responder pero sobre todo en dar su opinión de lo que ha sido este viaje para él.

Reymundo es motorista (camionero), tiene 4 hijos y está en su sexto viaje, creo que esto último hace que se tenga más claro el panorama de la situación de los migrantes. No duda en decirnos que el gran problema es la inseguridad del país. Ellos como migrantes vienen preparados con los muchos o pocos ahorros que tienen para llegar a la frontera con Estados Unidos, pero si son asaltados (como generalmente sucede), el camino ya se vuelve imposible y es donde vienen todos los problemas.

Están conscientes que no pueden abordar algún autobús que los lleve a su destino en el norte, pero transitando en el lomo de “La Bestia”, con toda la delincuencia acechándolos es ineludible que sean asaltados tarde o temprano.

Otra cosa que me comenta Reymundo es el problema de las autoridades, tratando de tapar todo rastro de abusos no sacan a la luz tantas cosas que pasan en el camino; como ejemplo me cuenta de un descarrilamiento que tuvo lugar en Tabasco a principios de Diciembre en el que murieron aproximadamente 25 personas, todos centroamericanos, el cual no se hizo público porque en su opinión, esto no sería bien visto por la comunidad internacional y el país estaría con los ojos del mundo atento, obligándolo a poner más atención a los indocumentados.

 A Reymundo se le nota más que el cansancio, el hastío, el hartazgo de tener que hacer este viaje y ser abusado una y otra vez sin poder hacer nada. Y en este punto es muy fácil pensar que todo esto no lo pasarían si se quedaran en sus países, pero ¿Qué tan compleja puede ser la vida en sus lugares de origen, que tienen que pasar todas estas vicisitudes para tener una vida mejor? Realmente todos coinciden que es mejor jugarse la vida de esta forma que continuar en sus países sufriendo hambre.

Hay que aligerar la tensa plática, ya a estas alturas la confianza está un poco más ganada que al comienzo y al hacerles referencia que este día, 18 de diciembre, es el Día Internacional del Migrante todos responden al unísono que para celebrarlo los deberían de dejar pasar a Estados Unidos sin mayor problema. Se escuchan sonoras carcajadas por la respuesta, que me hacen pensar ¿En qué consiste un día internacional para personas que están sufriendo estos grandes y penosos viajes? Tal vez sólo sea una manera de recordar que están, pero al final pocos son los que hacen algo por ellos.

Jesús de 22 años hondureño y Edvin Morales de 30 años guatemalteco son los encargados de esta casa y me cuentan un poco de la mecánica de este lugar. La casa recibe migrantes las 24 horas del día, los 365 días del año, al llegar se cercioran de que realmente sean centroamericanos con documentos que los acrediten como tales o de no contar con ellos, con preguntas que ellos como centroamericanos conocen, “Es fácil distinguirnos entre paisanos”. Se les hace una revisión y de ser necesario se les proporciona atención médica. En este lugar sólo permanecen tres días, en esta ocasión sólo hay 6 personas, pero la casa recibe un gran flujo de migrantes y es por ello que al cabo de este tiempo, tienen que abandonar la casa para dar lugar a los que van llegando. Durante su estancia están solamente en la casa, no salen a la calle y de ser necesario van en grupos, para evitar cualquier abuso, es parte de los cuidados que se tienen para no exponerlos durante su estadía en este lugar.

Me intriga saber por qué él siendo migrante está como encargado del lugar. Edvin lleva aproximadamente 8 meses en este lugar, en su viaje se encontró con que los familiares que le ayudaban mandándole dinero o esperándolo del otro lado de la frontera de repente desaparecieron y se olvidaron de él. Por lo pronto él seguirá en la casa del migrante, aún no sabe si continuará su camino o regresará a su país. Pero le queda claro que la labor que está haciendo en esta casa es importante para todos aquellos que tienen la suerte de poder cumplir con su objetivo de llegar “al otro lado”.

Ya para estas horas abusé de su paciencia y de sus horas de descanso, no hay más que desearles suerte en su recorrido que ya está a punto de concluir. En dos días todos ellos emprenderán el último trayecto de Monterrey rumbo a la frontera.

No soy periodista, soy fotógrafo y como tal tengo la loca asociación Migrantes -Trenes, así que al otro día me dirijo a un cruce de vías ferroviarias ubicado en San Nicolás con el objetivo de poder hacer un poco de fotografías, de esas que nosotros llamamos “épicas”.

 Al llegar me encuentro con Guillermo Pérez Casanova, un chiapaneco que me pide dinero o algo que comer, él también es migrante y está esperando a “La Bestia” que pasará de un momento a otro. Su cansancio es igual que cualquier migrante centroamericano, pero su historia es diferente.

Guillermo de 32 años salió de Chiapas y emprendió este largo recorrido con el único objetivo de que “La Migra” en Estados Unidos lo agarre al intentar cruzar; tiene un problema de salud el cual me muestra sin pudor alguno, un tumor en un testículo. Ya acudió en muchas ocasiones a hospitales de su estado e incluso llegó al Distrito Federal al hospital de La Raza, en todos lados le han dicho que tiene que ser intervenido pero el costo de la operación es muy elevado y él con su empleo en la zafra de la caña de azúcar, le resulta incosteable poder hacer este gasto. Tiene ya tres semanas caminando y con la molestia del tumor, esto le resulta cada vez más difícil, pero ya está a punto de llegar y tiene la idea de que al ser agarrado por la migra será remitido a algún hospital para que se le ayude a recobrar la salud.

Hablamos por un rato, hago algunas fotos, él se queda esperando a “La Bestia” y yo dejo el lugar con muchas más preguntas que con las que llegué a Monterrey horas antes, pero satisfecho de las personas que pude conocer. Tanto para ellos como para mí el viaje de regreso a casa es largo, la diferencia es que salgo de ahí valorando mucho más todo lo que puedo llegar a tener y siendo un poco más consciente de ésta problemática que todos solemos ver como una idea descabellada. El único pensamiento que conservo y reafirmo lo voy tarareando mientras me alejo de esas vías del tren: “Tan lejos de dios y tan cerquita de United States

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